“Ratchada – La receta” Cap. 1 – 3

12 abril, 2019

Como cada viernes tienes parte de mi plan creativo. La semana pasada terminé de publicar el relato “Anexo 1” y hoy empiezo “Ratchada – La receta”, primera parte de en un principio 3 relatos que ocurren en el mismo sitio, un punto de encuentro en Bangkok.

Esta primera parte está formada por los 3 primeros capítulos. Espero que te guste. Ya sabes que estoy abierto a cualquier sugerencia, opinión, idea que creas conveniente. Muchas gracias


1

¿Qué es lo primero que hacemos cuando nuestro avión aterriza en un aeropuerto?. Desactivar el modo avión del teléfono, algunos son tan atrevidos que lo hacen incluso antes de que se apague la luz de abrocharse los cinturones, pero Sebastián esperó a estar en la terminal del aeropuerto para activar su móvil, si tenía alguna llamada urgente seguro que podría esperar unos minutos más. Acababa de llegar de Krabi, al oeste de Tailandia, de pasar una semana de vacaciones en la playa y quería retrasar al máximo su vuelta al trabajo y al stress.

No era su primera vez, ni la segunda, ni la tercera en Tailandia, ya había perdido la cuenta, pero esta vez había sido diferente, hacía poco más de un año que se había divorciado de Olga y era su primer viaje que hacía en solitario después de la ruptura.

Cuando uno pone en la misma frase, “Tailandia” y “soltero” le puede venir a la cabeza fiestas alocadas con jóvenes y atractivas chicas ligeras de ropa, pero no nos engañemos, ese no había sido el plan de Sebastián.

Sebastián tenía un restaurante en Madrid de gran renombre, incluso aparecía en la prestigiosa guía Michelin con unas mericidísimas dos estrellas y lo que menos le apetecía era estar deambulando por las paradisiacas playas sólo buscando un rollo de una noche y otra razón es que con sus cincuenta y dos años no se sentía como para estar de fiesta. Además detestaba la imagen de hombre mayor con una chica que podría ser incluso su nieta, una imagen que desgraciadamente se veía muy a menudo en el sureste asiático. Se ruborizaba pensar que él pudiera hacer lo mismo.

Sus vacaciones ya casi habían terminado, su último plan era alojarse una noche más en un hotel de Bangkok para al día siguiente regresar a Madrid y volver a su restaurante con algunas ideas que había estado trabajado en esos días tumbado al sol y recuperando energías.

Sebastián empezó a marcar por teléfono mientras andaba arrastrando una pequeña maleta de color granate por el largo y ancho pasillo lleno de turistas para pasar los controles de pasaporte del aeropuerto Suvarnabhumi de Bangkok.

– ¿Dani?, ¿me oyes? –  Dijo en voz alta. – Oye Dani, ya estoy en Bangkok, ¿alguna novedad?. ¡Dios mío! – Exclamó al ver la enorme cola para el control de pasaportes. – No, no pasa nada, sólo que acabo de ver la cola del control de pasaportes. Yo ya estoy en Bangkok, me quedo una noche más y mañana ya vuelo a Madrid. Perfecto. Dale abrazos a todos y os veo bien pronto. Hasta luego. – Y colgó la llamada que había hecho a su sous-chef Dani y que había estado a cargo del restaurante en ausencia de Sebastián.

Al cabo de cuarenta minutos haciendo cola y haber revisado sus correos electrónicos le tocó su turno. Por norma general Tailandia es sinónimo de sonrisas, todo el mundo indistintamente de edad y género te reciben con una agradable y gratificante sonrisa pero como toda norma hay una excepción y esta se encuentra en el control de pasaportes, por enésima vez Sebastián tuvo a un agente con cara de pocos amigos que le selló el suyo.

 Como ya había pasado mucho tiempo desde el aterrizaje, las maletas ya no estaban en la cinta sino en medio de un pasillo. Sebastián encontró la suya y fue a coger el metro aéreo que le llevaría cerca del hotel y es que no le apetecía estar discutiendo el precio con un taxista sólo por el simple echo de ser occidental.

2

Uno se puede alojar en Bangkok de muchos modos, se puede disfrutar de hostales y residencias muy baratas para mochileros de bajo presupuesto o bien disfrutar de sus hoteles de lujo, Sebastian no era de los que le gustaba ahorrar en sus viajes y menos cuando viajaba a la capital tailandesa, siempre cogía un buen hotel bien situado cerca de las zonas con más variedad gastronómica. Pero esta vez su viaje había sido tan precipitado que poco pudo escoger así que se alojó en modesto pero bonito y elegante hotel cerca del barrio gay de Bangkok.

No es que le hiciera especial ilusión esa zona porque entre otras cosas no le gustaba demasiado estar rodeado de gente rarita como él solía decir, pero por una noche, tampoco importaba demasiado.

Una vez preparada la maleta para regresar al día siguiente a Madrid, se tomó una ducha, se visitó y mientras buscaba por internet algún buen lugar para disfrutar de su última cena en Bangkok recibió la llamada de su hija Margarita.

– Hola cariño, ¿qué tal?. Hoy he llagado a Bangkok y mañana regreso. Oye, ¿qué hora es en España?. ¿Y que haces despierta a esas horas? –  Dijo con preocupación. Mientras escuchaba al otro lado del teléfono a su hija encendió la televisión. – Estoy buscando algún lugar para cenar, ya sabes, algún lugar un tanto diferente, estoy harto de los turistas, de los “farangs”, si hija, yo también soy un “farang” –  A Sebastián le hacía mucha gracia esa palabra tailandesa, Farang (ฝรั่ง) una palabra que en español significa guayaba, pero que en Tailandia también designa a los occidentales o europeos, no es una palabra despectiva ya que es usada en innumerables ocasiones incluso en televisión cuando se hace referencia a un occidental.

Mientras Sebastián andaba haciendo zapping y hablando con su hija vio en pantalla imágenes de un mercado callejero el cual nunca había estado. – Cariño, un segundo –  le dijo a su hija. Activó la cámara de fotos del teléfono y le hizo una foto al televisor del hotel. – Acabo de ver un lugar que nunca he estado aquí en Bangkok, creo que me daré un paseo a ver que encuentro ahí para cenar. Si, cariño, te compraré algo y también para el futuro nietecito. Te quiero hija y ahora ve a dormir, que tienes que descansar.

– ¿Cómo puede ser que nunca haya estado en ese lugar? – Se preguntó Sebastián mientras se calzaba y cogía su cartera.

En la recepción del hotel Sebastián les enseñó la foto que había tomado de ese mercado nocturno y les preguntó donde estaba.

– ¿Where is this place? – Preguntó Sebastián.

Las dos chicas que estaban detrás de la mesa de recepción estuvieron mirando la imagen, se dijeron unas palabras entre ellas y una de ellas dijo: – Yes Sir, this place is called Train Night Market in Ratchada.

– Ok –  dijo Sebastián, Train Night Market in Ratchada. Thank you very much. – Y salió del hotel a la búsqueda de un transporte para ir a ese lugar.

– Hello, Tuk-Tuk, 500 bahts, Tuk-Tuk –  le gritaban a Sebastian desde la calle animándolo a coger el transporte más turístico de Tailandia.

– No thank you. – Dijo ignorando las llamadas de los conductores del tradicional triciclo motorizado tailandés y adornado hasta los excesos.

Puso en su aplicación de mapas lo que le habían dicho las chicas de recepción. “Train Night Market, Ratchada”. Estaba un poco lejos para un taxi o tuk-tuk y el metro era la mejor opción ya que muy cerca tenía la parada Si Lom y el destino estaba a siete paradas de la misma linea, parada Thailand Cultural Centre.

3

Cada vez que uno salía del metro era como un recibir un bofetón en toda la cara, el calor era sofocante y esa noche más de lo normal y por muy ligero de ropa que fueras era inevitable sudar como si se estuviera en una sauna finlandesa.

Al salir a la calle se dio cuenta que en Bangkok no importa donde vayas porque en todas partes encontrarás tráfico, sea la hora que sea, sea el día que sea. Quien acuño a Nueva York como la ciudad que nunca duerme es que nunca conoció Bangkok y Sebastián lo sabía bien.

– Madre mía, qué trafico. Y ahora a ver donde está esto. – Pensó en voz alta. Abrió de nuevo la aplicación de mapas y vio que el mercado quedaba detrás de un centro comercial llamado Esplanade. –  Debe ser ese.

Cruzó la calle por un paso elevado atiborrado en los extremos por miles de cables de vete a saber tu de qué, ¿electricidad?, ¿teléfono?, quien sabe y hacia que dirección van, siendo uno de los misterios que encierra la capital tailandesa.

Se encaminó hacia el centro comercial para rodearlo y encontrar el mercado nocturno. Mientras paseaba se cruzó con mucha gente, pocos “farangs”, es decir, pocos turistas y eso le gustaba, no era fácil encontrar lugares auténticos, lugares reservados para al público local.

Llegó hasta el final del centro comercial y giró a la derecha, en dirección a la entrada del parking, la calle estaba bastante llena de gente que entraba y salía, pero desde ese punto no se veía hacia donde se dirigía, sólo se veía a gente andar. Al fondo había una “casa de espíritus” (ศาลพระภูมิ) , pequeñas construcciones en miniatura de casas donde supuestamente viven almas que vigilan la zona y la mantienen alejada de los malos espíritus y tras andar unos pocos metros vio el parking, una gran explanada, llena de casetas donde vendían todo tipo de objetos: bolsos, fundas para el móvil, camisetas, objetos de decoración, luego había varios bares y restaurantes en las esquinas, pero lo que Sebastián buscaba no era un restaurante de mesa, sino de esos puestos ambulantes donde de vez en cuando encuentras maravillas culinarias que dejan a la altura del betún muchos restaurantes que se hacen llamar serios.

– Wow! –  Dijo maravillado Sebastián. – Esto no me lo acabo hoy ni loco.

Empezó a pasearse pasillo por pasillo, se fijó que los pequeños puestos ambulantes de comida que estaban situados en el centro, la variedad era abrumadora, casi la totalidad de los puestos vendían comida tradicional tailandesa, pero también había puestos de comida japonesa, coreana y de otros rincones de Asia. A los pocos minutos se dio cuenta que él era uno de los pocos “farangs” que paseaba por el mercado.

Casi todos los textos estaban en tailandés y los únicos que había en inglés se podía leer mensajes al estilo “no se regatea porque te ofrecemos el mejor precio”. – Vaya – dijo Sebastián. – Este lugar no es para turistas ni para regateadores. Me gusta.

Todas las mesas para comer estaban ocupadas así que aprovechó para buscar algún regalo para su hija y para el futuro nieto que esperaba. Se paró en un puesto donde vendían pendientes para comprar un obsequio.

– Sawadika –  dijo la joven chica que estaba al cargo de la tienda mientras hacía el saludo tradicional tailandés –  ¿Do you need help sir? 

– Sawadika – dijo Sebastián devolviendo el saludo. – Yes, please. I need to buy earrings for my daugther.

La joven chica le enseñó varios modelos pero Sebastián no sabía cual comprar así que le preguntó a una joven clienta que estaba a su lado. Hizo el saludo tradicional como es de costumbre y le preguntó cual de los pendientes compraría.

– This ones – dijo sin pensarlo mientras señalaba unos bonitos y coloridos pendientes.

– Pues no se diga más. I take these ones. –  Dijo satisfecho Sebastián mientras cogía esos dos bonitos pendientes.

Mientras le envolvían la compra uno de los pocos turistas occidentales que había en el mercado le preguntó si podía hacerle una foto

– Yes, sure –  le dijo Sebastián mientras agarraba la cámara réflex que le daba el turista. Pesaba lo suyo y parecía ser una cámara de las que llevan los periodistas.

El turista que aparentaba ser nórdico por su pelo y frondosa barba rubia y sus ojos azules, cogió por los hombros a un joven tailandés, se puso detrás de él abrazándolo y asintió la cabeza a Sebastián para que hiciera la foto. En cuestión de segundos Sebastián se puso rojo, era una situación bastante incómoda para él así que disparó tres fotos de forma consecutiva y le devolvió la cámara al turista como si quisiera sacárselo de encima cuanto antes.

– Sir –  dijo la chica de la tienda de los pendientes. – 600 bhats please.

Sebastián pagó y cogió una bolsa de plástico donde habían dentro los pendientes para su hija.

– Korp kun ka –  dio las gracias en tailandés mientras hacía la reverencia, a la que ella también devolvió pero con un Korp kun kap.

Sebastián miró su reloj de pulsera y dijo en voz alta – Va a ser hora de cenar.

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