Relato corto: “Lentillas azules”

Por Daniel Aragay

24 de noviembre de 2021


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Fue cruzar la puerta y sentirse aliviado, respirar tranquilo de miradas insidiosas, de insultos e incluso de tener que correr por miedo a ser agredido.

– Marcos, sí que has llegado temprano, ¿no era tu día de toros? – dijo Óscar sentado en una butaca mientras se estaba tomando un té.

– Perdona, siento no haberte avisado antes pero he tenido la suerte de librarme de ellos.  –  dijo mientras colgaba su abrigo en una de las perchas vacías que colgaba de un largo perchero lleno de abrigos de todo tipo, forma y color. –  dame un minuto que voy a quitarme las lentillas.

– Ya me dirás cómo te has librado pero tranquilo, no hay prisa –  dijo Óscar mientras sacaba cómo cada miércoles un tablero de ajedrez de la estantería que tenía a su lado.

A pesar de estar en un lugar seguro, ver el baño vacío le tranquilizó para así poderse quitar esas molestas lentillas de color castaño oscuro.

– No entiendo cómo hay gente que prefiere llevar lentillas a llevar gafas –  protestó mientras intentaba quitárselas.

La cisterna de uno de los baños se vació, algo que hizo paralizarle, quedándose cómo una estatua enfrente del enorme espejo.

– Tranquilo –  dijo una voz desconocida –  aquí no mordemos.

Marcos suspiró y siguió intentando sacarse las lentillas.

– Es cuestión de acostumbrarse –  dijo un señor de mediana edad mientras se limpiaba las manos.  –  Qué lástima que tengas que esconder esos ojos azules tras las lentillas. 

Oscar se ruborizó.

– Pero es lo que hay si uno quiere vivir en paz. –  dijo Marcos mientras se ponía en el bolsillo la pequeña funda de las lentillas.

El hombre salió por la puerta y Marcos aprovechó para salir detrás de él.

– Bien, ¿cómo te has librado de todos?-  dijo Oscar mientras terminaba de poner todas las fichas del ajedrez.

– Lo llevo preparando desde hace un par de días, tosiendo un poco por aquí, otro por allá y hoy les he dicho que me encontraba mal y que ya iría la semana que viene, ahora a ver qué se me ocurre para la semana que viene. ¿Qué té tomas? – dijo Marcos mientras se sentaba en la butaca enfrente de Oscar.

– No sé, es el primero que he encontrado, mientras no sea un carajillo me da igual todo.

– Voy a por uno también.

Mientras Marcos se levantaba para ir a buscar un té y coger unas pastas que había en una mesa circular y que los allí asistentes habían traído para compartir, sonó un gran estruendo que provenía de la puerta de entrada. En apenas un segundo todos los que estaban sentados se levantaron intentando salir por una puerta que estaba situada al final de la gran habitación, los que estaban mejor situados fueron los primeros que salieron por patas. Por la puerta entró una mujer de mediana edad gritando: “¡Están aquí!”

– ¡Redada! –  gritó alguien mientras todos se apelotonaban en la pequeña salida de emergencia.

– ¡Óscar! –  gritó Marcos mientras cogía el abrigo a toda prisa –  ¿Pero qué haces? No te quedes ahí, sal corriendo.

– De aquí no saldremos y seguro que la guardia civil tiene también controlada esa puerta –  dijo tras terminar un sorbo de té y mirando la única salida que parecía segura.

Esa salida fue cómo un espejismo porque de la misma manera que salieron por esa puerta, volvieron a entrar. La cara de resignación era más que evidente.

– Eres un gafe –  dijo Marcos mientras se sentaba de nuevo en el sofá. 

Por la puerta principal entraron cuatro guardias civiles.

– ¡Vaya, vaya, con estos maricones, rojos, inmigrantes ilegales, antipatriotas! – dijo el que parecía de más alto rango. – Quedan todos ustedes detenidos por asociación indebida y terrorismo y eso como mínimo.

Por la otra puerta entraron 5 guardias civiles más.

– No ha escapado ninguno, sargento –  dijo un joven policía mientras empujaba a una anciana.

– ¡Documentación! –  gritó el sargento.  – A ver, qué tenemos por aquí –  dijo mientras cogía de Marcos un documento parecido a un pasaporte –  un ojos azules, inmigrante ilegal seguro, uno de esos europeos que se creen mejores que los españoles, pues si tanto te gusta Europa porque no te vas, este país es sólo para españoles y muy españoles.

El sargento empezó a pasar las páginas.

– ¡Si aquí dice que es español!, pues no serás muy español porque aquí te falta el sello de los toros. Ya sabes lo que te toca, ¿no?.

Marcos se quedó callado.

– ¡Que me respondas hijo de puta! –  gritó enfurecido el sargento.

– Un mes de hispanidad. –  dijo Marcos susurrando.

– No te he escuchado hijo de puta, dilo más alto.

– Un mes de hispanidad – repitió pero con un tono más alto.

– Si, maricón, sí, a ver si se te mete en la cabeza que para ser español hay que hacer como todo español de bien hace; toros y misa.

El sargento arrojó el boletín de hispanidad en la cabeza de Marcos.

– Me vais identificando a todos que nos lo llevamos a comisaría. Menuda nochecita vais a tener todos, maricones.

– ¿Cómo hemos llegado a este nivel? – preguntó susurrando a Óscar.

– Fácil, se empezó blanqueando al fascismo y aquí estamos, en España, una grande y libre, lo de libre es cómo cuando hacían llamar a la Alemania del Este “República Democrática”, ya ves… 


Gracias César!

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